Orilla del mar, de Véronique Olmi (Contraseña) Traducción de Francisco Muñiz | por Gema Monlleó

“Verónique

“He llegado, por fin; éste no es mi lugar pero he llegado.”
Libro del frío, Antonio Gamoneda  

Llueve y llueve y llueve. En Orilla del mar, la primera novela de Véronique Olmi (Niza, 1962) no cesa de llover. Llueve de noche, cuando una mujer con sus dos hijos sube a un autobús en dirección a una ciudad con mar. ¿Cuál? No importa. ¿Desde dónde? Tampoco importa. Son tres seres bajo la lluvia, a resguardo en el autobús, perdidos en la vida. Una familia de tres que se cala al bajar hasta que no encuentra su hotel. Una madre y sus dos hijos pequeños, 9 y 5 años, con dirección, pero sin rumbo, mojándose, mojándose, mojándose. En Orilla del mar llueve y la lluvia no deja ver el mar. No de momento. No de noche. No desde el hotel más triste entre los tristes. No para esta familia bajo la lluvia y tan fuera de lugar. 

“El mar, no me imagino que pueda decepcionarnos, es el mismo en todas partes para todo el mundo y yo era capaz de llevar a mis chicos hasta él, era capaz de hacer el viaje de noche, no es cierto que las angustias me paralicen, como me dicen en el ambulatorio.” 

Olmi sobrecoge desde la voz de la narradora, la madre que quiere hacer un regalo a sus hijos: el regalo del mar. Una madre sin recursos, que gasta su último billete en los pasajes del autobús y que guarda las monedas que ha ahorrado en una caja metálica. Una madre acosada por el silencio estridente de las voces, esas que no la dejan dormir, las que tiran de ella y la dejan ausente, o demasiado activa, o anulada, o airada, pero siempre a su merced. Una madre que no encuentra refugio ni en psiquiatras ni en asistentes sociales. Una madre a la que le duele el alma y el corazón, y a la que le angustia su mente (“me encantaba que me dejaran en paz, la tristeza nunca resulta bonita de contemplar”). Una madre que ama a sus hijos, aunque (ya) no puede sostenerlos. 

“Quería que los niños se metieran enseguida en la cama y que sin darnos cuenta amaneciéramos ya al día siguiente, como hacen los demás, los que se acuestan por la noche porque están cansados, porque han sido capaces de completar la jornada hora tras hora y se levantan por la mañana porque es lo normal.”  

Llueve, los niños deberían ir al colegio, pero en esta ciudad gris, la del hotel más triste del mundo, rugen las olas del mar. Llueve y las calles se embarran. Llueve y la arena se encharca. Llueve y el oleaje aúlla en la playa. Llueve y los dos niños que nunca habían visto el mar se empapan con la lluvia y las olas (“las olas eran bocas enormes que mordían en el vacío y nos estaban esperando”). Llueve y ella, la madre, observa. Llueve y mientras observa, ama. Llueve y las gotas son agua y son sal; sal del mar, sal de lágrimas. Llueve. Una madre y sus dos hijos, calados, caminan por una ciudad sin aceras después de ver el mar.  

“Fuera seguía lloviendo, la misma lluvia helada, monótona, en una ciudad sin imaginación donde no cabía esperar otra cosa.” 

Orilla del mar es una novela incómoda, una novela que desde las primeras frases apunta a un único desenlace, un desenlace que duele como una bofetada en la conciencia. Porque Olmi no enmascara, no adorna, no opta por puntos de fuga de confortabilidad lectora. Porque Olmi, pura sequedad, nos presenta lo que leemos como un estallido meditado, y a la vez inevitable, que señala las fallas del sistema, ese que cuando expulsa ya no tiene piedad por los desposeídos. Porque Olmi, desde la voz de esa madre que es puro dolor existencial, narra un mundo íntimo en el que no hay salida ni expiación (“cerré los ojos, quería volver a estar dentro de mí, allí donde nada puede alcanzarme”). Porque Olmi, desde la inclemencia de los hechos, dispara hacia la potencia de unas posibilidades que en el dolor del mundo de esa madre ya se ha convertido en una única contingencia salvífica. 

“(…) el sueño ya no era un refugio sino un lugar. Un lugar donde todo puede ocurrir, todo puede abordarte y hacerte descender, hundirte donde sea, en lo profundo, ya nadie puede alcanzarte, tan solo desciendes. Allí llegué. Agotada. Castigada. Rendida.” 

Y es que la madre de Orilla del mar, con su derrota a cuestas, podría ser cualquier madre varada en una orilla social y mental concibiendo un plan. Un propósito que se larva en su mente desde antes del comienzo in media res del relato de Olmi y que culmina al final de la historia, pese a entreverse nada más subir al autobús en busca del mar, en otra noche de lluvia. Una lluvia que ahonda en la desorientación interior, en la confusión que provoca uniformizar el paisaje gris-oscuro-casi-negro (“la lluvia acaba siempre ganando incluso cuando no le prestas atención”). Una lluvia que convierte el mar en una superficie que ha perdido el azul, en un “torrente de lodo” que se embrolla con el color del cielo. Una lluvia que moja y moja y moja, sinestesia húmeda: en la ropa, en el cuerpo, en el pelo; una lluvia que ni siquiera es agua purificante para una decisión tan irremediable como letal.  

“(…) me di cuenta de que ya no necesitábamos hablarnos. Podíamos hacer las cosas. Todas las cosas. Las menos frecuentes. Las muy locas. Pero sin hablarnos. Nos unía nuestro instinto. Confiábamos en nosotros, animales sin preguntas que intuyen qué hace falta y qué no.” 

Hay un hilo que une Orilla del mar con Perder el juicio de Ariana Harwicz (Anagrama, 2024) y Las madres no de Katixa Agirre (Tránsito, 2019), entre otras historias. Es el hilo de esas desesperaciones que exudan dolor, abrasión, gritos y truenos en posición fetal (“Querría levantarme, rebelarme, pegar, gritar. No puedo hacer nada”), también el hilo de lanzarse a un camino “de pensamientos negros y helados” que no tiene posibilidad de enmienda. Un hilo en el que las tres autoras comparten el señalamiento hacia la falacia de las bondades de la maternidad cuando no contemplan su reverso (“Ese es el problema: traemos los bebés al mundo y el mundo los adopta. Somos vientres, eso es todo, luego se nos va de las manos y enseguida nos acallaran que estamos al margen”). Nouvelle de prosa austera, aunque con destellos líricos (“las olas eran bocas enormes que mordían en el vacío y nos estaban esperando”), en la que leer es una intrusión incómoda a unas vidas a las que no solemos (queremos) mirar. Unas vidas en las que la pobreza, la soledad, la angustia, la enfermedad y la sospecha de muerte calan a los personajes y a nosotros como lectores mientras cae, inmisericorde, la lluvia junto al mar y el cielo espera. 

“Así es como debería haber pasado el resto de mis días: en la cama con mis críos, contemplando el mundo como quien ve la tele: de lejos, sin marcharnos, con el mando en la mano, habríamos apagado el mundo a la primera perrería”.


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